UNIDAD 1: Tema 1.7. Los Consumidores de Imágenes.

 

Tema 1.7. Los Consumidores de Imágenes.




1. La modernidad ha influido en la forma en que se percibe y se representa la otra cultura.

Esta claro que la modernidad ha influido de manera impactante en las ideologías que tienen impuestas cada cultura ya que se viven día con día, un ejemplo es ; Imágenes y objetos cotidianos se sobreponen y se confunden: un soldado español de Nuevo México lleva en la manta de la silla de su caballo una pintura de la Virgen (1602). Las tabaqueras, los abanicos, los relojes adornados con escenas de la Pasión de Cristo, las medias, los jubones con la efigie de San Antonio, los botones en que aparecen el Crucificado, la Virgen y San Juan, los bordados con la imagen de la Virgen: todos esos objetos proliferan en la sociedad colonial.

Los usos ordinarios de la imagen, por lo demás, pueden mezclar lo comercial con lo religioso, así como confunden la decoración, la elegancia, la gula y la piedad. Hemos visto que en los mercados, los comerciantes tienen la costumbre de
ofrecer a su clientela una pequeña imaginería piadosa, con la cual atraer o conservar a los compradores modestos, los indios y las gentes ordinarias.



2. Las imágenes de la otra cultura han desempeñado un papel importante en la construcción de la identidad personal y en la definición de relaciones interculturales.

La imagen se convierte en un interlocutor y, si no en una persona, al menos en una potencia con la cual se negocia, se regatea, sobre la cual se ejercen todas las presiones y todas las pasiones.
La imagen también puede ser objeto de extorsiones y amenazas de malos tratos, como si ella estuviera en condiciones de satisfacer las exigencias de su propietario.
Romper las imágenes es propio de una sociedad que les otorga un lugar importante. Es la sanción de una comprobación de ineficiencia, que sucede brutalmente a la súplica y a la espera inútil. El medio cotidiano está así poblado por “presencias” intocables, esas imágenes piadosas e inocentes a las que, sin embargo, algunos gustan de agredir, al ritmo de las
crisis que afectan la vida de todos.


3. Los estereotipos se han desarrollado y reforzado a través de la representación de la otra cultura en la literatura, el cine y los medios de comunicación.

La abolición, a voluntad, de la frontera entre lo cotidiano y lo sobrenatural, el choque de la alucinación y lo vivido, multiplican la credibilidad y el dominio de las representaciones sobre las mentes.

Mientras expresan a su manera una relación intensa y pasional con la imagen, arrojan una clara luz sobre las obsesiones y los fantasmas que podían alimentar las poblaciones mestiza y española de la Nueva España
hacia el año de 1730.


La representación paródica y blasfema interviene en todas estas situaciones, tanto como el cuerpo presente en sus excreciones y en su sexo, puesto en contacto con la imagen. La supresión de la distancia entre la
realidad y la ficción que realiza la imagen barroca se traduce, en Felipa, en la copulación carnal que remata, de modo fantasmático, la fusión con la imagen.

La imagen, encarnación o representación, pasa del
régimen del ojo o del deseo al del consumo carnal en que desaparece, aniquilada, lejos del amor sublime que Lasso de la Vega dedicaba a la imagen de la Guadalupana, afirmando esos “deseos de ser muy suyo, y la gloria de tenerla mía”.
 La desacralización recuperará todas esas imágenes, todos esos estados, dejando a veces en
su lugar un objeto que, integrado al dominio que el siglo XIX llamará perversión y sexualidad, se convertirá en ese sustituto de una realidad insoportable, el fetiche, en un
mundo sin Dios y, aparentemente, sin brujos.


4. Las representaciones de la otra cultura han cambiado dramáticamente a lo largo de la historia, pero aún hay problemas de racismo y desigualdad en la forma en que se representan las culturas minoritarias.

El aumento de la demanda de imágenes en este fin de
siglo, así como nuevas exigencias de calidad causadas por la marea barroca, probablemente expliquen este giro. Sea como fuere, durante más de 150 años la creatividad indígena no había encontrado una traba oficial, como si la incitación hubiese pesado más que la represión al gestarse la imagen barroca.

llegó a ocurrir que el poseedor de una imagen sintiera la tentación de imponer su santo para sustituir al “santo del pueblo”, no sin provocar la oposición y los
rencores de las facciones rivales. En otras ocasiones, alguien no vacilará en pedir el apoyo del santo para vengarse de un vivo.

En esas luchas los factores decisivos nunca fueron el sentido, el origen o la naturaleza
de la imagen, independientemente de quienes hayan sido los protagonistas, sino la textura
social, cultural, afectiva y material que se ha organizado en torno de la efigie.

A través de las embriagueces rituales (o no) en las cuales comulgaban todos los participantes, el actor indígena se volvía una especie de ixiptla del dios cristiano, y
suprimía la distancia que la Iglesia intentaba mantener entre lo sagrado y lo profano, pero que la imagen milagrosa ayudaba continuamente a suprimir.


5. La representación de la otra cultura sigue siendo un tema controversial en la actualidad, y es necesario tener en cuenta los contextos sociopolíticos y culturales al abordar estas cuestiones.

El imaginario del santo, en sus infinitas variantes, despliega el filtro y el dispositivo a
través de los cuales los indios de la Nueva España concebían, visualizaban y practicaban
su cristianismo.

A través de él se ordenaban las instituciones, y las creencias cristianas tomaban un sentido, adquirían vero-similitud y credibilidad.
La iconoclastia indígena no es sino el preludio de una sustitución, de un nuevo culto más verdadero, más auténtico: el dios aguardado o fabricado nunca es una simple representación; es el dios vivo, la nueva
presencia divina.

El viaje a través de las imágenes barrocas podría proseguirse, así, al infinito: de los indios a los negros, de los negros a los mestizos y de los mestizos a los blancos humildes, de las solemnidades urbanas a los sincretismos de las sierras del Sur y de los desiertos del
Norte. Habrá notado el lector que los imaginarios se cruzaban por doquier, como esos jesuitas que irrumpían en el espacio sórdido de un obraje para organizar la fiesta del santo, o bien esos indios que desde sus sierras lanzaban nuevos cultos marianos.

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